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La noche que dio comienzo al horror. La mañana que volvió.

  • Marcelo Burman
  • 9 nov 2023
  • 5 Min. de lectura

Un día como hoy, hace 85 años, marcaba un punto de inflexión en la trágica historia de la Shoá (Holocausto), la mayor tragedia que enfrentaron el pueblo judío en particular, y la humanidad en general.


Este día ocurrió el tristemente célebre pogrom hacia las poblaciones judías mejor conocido como Kristallnacht o La noche de los cristales rotos. Ese día, hordas embravecidas, presuntamente “espontáneas”, destrozaron 1574 sinagogas a través de Alemania y Austria. Muchas ardieron toda la noche, a plena vista del público y los bomberos, que habían recibidos ordenes de intervenir solamente para prevenir que la llamas se extendieran a edificios cercanos.


Miembros de las SA y la Juventud Hitleriana a través del país destrozaron las vitrinas de aproximadamente 7.500 establecimientos comerciales de propiedad judía y los saquearon. Además, esa noche se cobró la vida de 91 personas, un preludio de los 6 millones que vendrían luego en otra noche que vivió la humanidad, mucho más larga, que duró 7 años.


En las semanas siguientes, el gobierno alemán promulgó docenas de leyes y decretos destinados a privar a los judíos de su propiedad y sus medios de vida. Muchas de estas leyes impusieron una política de “arianización”, la transferencia de bienes y empresas de propiedad judía a propiedad “aria”, usualmente por una fracción de su valor real. También a través de nueva legislación se excluyó a los judíos, ya sin derecho a trabajar en el sector público, de ejercer sus profesiones en el sector privado y avanzó aún más en la eliminación de los judíos de la vida pública. Los oficiales de educación alemanes expulsaron a los niños judíos que todavía asistían a las escuelas alemanas. Los judíos alemanes perdieron su derecho a tener una licencia de conducir o de ser dueños de un automóvil; y la legislación impuso restricciones sobre el acceso al transporte público. Los judíos no podían ir más a los teatros, cines y sala de conciertos “alemanes”.


Hoy, hace 85 años, la locura humana tomó dimensiones que nunca nadie hubiese imaginado. En aquel momento, el mundo permaneció en silencio. Eso permitió a la maquinaria nazi crear su “Solución Final” y sus campos de concentración y exterminio. La industria de la muerte tomó forma, y se llevó la vida de millones de personas.


En el año 2012, muy pocos meses antes de ser elegido Papa y asumir el nombre de Francisco para su pontificado, el Cardenal Jorge Bergoglio dirigió la conmemoración de la noche de los Cristales Rotos en la Catedral de Buenos Aires. Allí en sus palabras dijo que “en aquella época, muchos se hicieron los distraídos; no solo hombres y mujeres se desentendieron de la propia carne en los campos de exterminio, sino países enteros, que por conveniencia política miraron para otro lado teniendo medios a su alcance”.


¿Qué vino después? Sabemos que el nacionalsocialismo dirigió su odio especialmente contra los judíos en términos raciales, pero también hubo una persecución religiosa contra cristianos: católicos, protestantes, testigos de Jehová y otras clases de clero, teólogos u organizaciones religiosas que se oponían al nacionalsocialismo.


Durante su trayectoria política, Hitler mantuvo una posición pública de reconocimiento oficial a la Iglesia católica. Sin embargo, a nivel privado y personal, se había vuelto hostil a sus enseñanzas. Una vez que obtuvo su cargo político, Hitler accedió a firmar el Concordato imperial con la Iglesia católica el 20 de julio de 1933, pero casi inmediatamente después de hacerlo, disolvió la Liga de la Juventud Católica y decretó una ley de esterilización que conmocionó a la comunidad religiosa. De igual forma, se ha señalado que, durante la purga del 30 de junio de 1934, se ordenó el asesinato de Erich Klausener, dirigente de la Acción Católica, y en los años siguientes arrestó y comenzó el creciente arresto de clérigos, sacerdotes y monjas.


En su carta encíclica del 14 de marzo de 1937, MitbrennenderSorge (Con ardiente preocupación), el pontífice Pío XII acusó al gobierno nazi de "sembrar la cizaña de la sospecha, la discordia, el odio, la calumnia, de secreto y la abierta hostilidad fundamental en contra de Jesús y de su Iglesia." El documento comenzó a ser leído en algunas iglesias alemanas, y como reacción, Hitler mandó a la Gestapo que esto se impidiera.


Hitler comprendía la relevancia de la religión en la sociedad, y por ello su régimen trató de reemplazar las antiguas religiones por una "religión nazi" disfrazada bajo el nombre de la que había sido la religión tradicional en Alemania. Entre ellas emergió un movimiento planeado por el ideólogo nazi Alfred Rosenberg denominado "Cristianismo positivo", el cual purgaba al cristianismo de sus elementos históricos judeocristianos, y en su lugar infundía una filosofía nazi y planteaba una doctrina político-religiosa. Dicha ideología negaba el origen hebreo y judío de los Evangelios, rechazaba todas las creencias del Antiguo Testamento, el Credo de los Apóstoles, y, en cambio, postulaba como base ideológico-religiosa al Partido Nazi. Sus proponentes principales (Rosenberg, Himmler, Goebbels y Bormann) serían bastante conocidos por su rotunda hostilidad hacia el cristianismo histórico.


¿Tenemos dudas de cuál sería el siguiente paso una vez terminada su obra de exterminio del pueblo judío?


En cada conmemoración de esta trágica noche decíamos que lo recordábamos para no repetirlo. Pero se repitió. La mañana del 7 de octubre pasado hordas terroristas de Hamas asesinaron, violaron, degollaron, quemaron vivos y cuanta barbaridad se nos ocurra a 1400 personas, niños, adultos, ancianos, por el solo hecho de ser judíos. Empiezan con Israel, con los judíos en el mundo (en otro artículo mencioné ya los ataques que incipientemente se están dando en diversos países, así como el creciente antisemitismo). Siguen con todos los que no crean como ellos.


Hamas y sus líderes, igual que ISIS, AL Qaeda y Hezbollah son exactamente lo mismo. Son terroristas, asesinos, fanáticos que van contra el mundo occidental. Van contra todo lo que no piense como ellos.


Goebbels, el famoso ministro de propaganda nazi, con sus 11 principios de comunicación generó lo que las dictaduras a lo largo de los años han implementado para imponer sus ideas sobre sus ciudadanos.


Solo por dar algunos ejemplos, está su Principio de la transposición, donde adjudica los errores propios al enemigo, negando toda responsabilidad ante la población, distrayéndola así del origen del hecho;

su Principio de la unanimidad, donde establecía que convencer a las masas de que hay una simpatía unánime por el gobierno y sus líderes era clave para lograr la homogeneización del pensamiento;

y su Principio de orquestación, donde establece un discurso reiterativo y sin fisuras ideológicas, aunque no sea honesto. Según Goebbels, “si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.


¿Cuántos ejemplos vemos hoy en el mundo de estas mentiras repetidas, que gracias al manejo inteligente de los medios de comunicación comienzan a tomarse como verdades?

¿Cuánto se ha dicho, por ejemplo, sobre atrocidades que comete Israel, calificándolo incluso de genocida, cuando en realidad y tal como dijo el ex jefe de las Fuerzas Armadas Británicas Richard Kemp, es el ejército más moral de la historia, solamente buscando defender a su población de los ataques de un grupo terrorista, que no tiene respeto ni siquiera por sus propios hermanos a quienes utiliza como escudos humanos?


¿Cuándo aprenderemos de la historia?


Termino con una frase de Martin Luther King, “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos”. Llegó la hora de que todos levantemos la voz, juntos, contra la barbarie terrorista. Porque si no, ya sabemos que sigue después.


Eso sí. Hoy hay una gran diferencia. Existe un Estado de Israel que no permitirá nunca jamás que vuelva a ponerse en duda la continuidad de la vida judía. Y no solo tiene el “derecho de defenderse”. Tiene la obligación de hacerlo.


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